Discriminación sexual en las prisiones
      es un artículo de la periodista Txotxe Andueza publicado en GARA el 5 de cotubre de 1999. Txotxe Andueza padeció largos meses en las cárceles españolas como miembro de la Mesa Nacional de Herri Batasuna encarcelada por la inicua sentencia del Tribunal Supremo de España luego anulada por el Tribunal Constitucional.


      Discriminación sexual en las prisiones

      Txotxe Andueza * Periodista

      No es en absoluto habitual que una funcionaria de prisiones se vea sentada en el banquillo de los acusados para responder ante la denuncia de una presa, a pesar de que la vida en las prisiones está llena de arbitrariedades y actuaciones denunciables y a pesar de la existencia de denuncias que se pudren en cualquier vertedero. Esta semana, en Gasteiz se ha celebrado un juicio de faltas contra una carcelera de la prisión de Langraitz, por una actuación que es anecdótica en su historial y en el historial colectivo de los y las carceleras que son y han sido. Por eso, porque es anecdótica, es una ocasión que ni pintada para recordar que la vida en las cárceles se compone de 24 horas al día de muchos meses y muchos años, que no se reduce a las noticias que aparecen muy de vez en cuando en las páginas de sucesos. Para recordar que las personas presas son, ante todo, personas, y que la situación en la que viven en prisión supone un montón de castigos añadidos al de la pena de privación de libertad.

      Langraitz puede ser, con evidentes matices, un típico ejemplo de prisión de hombres en la que se incrusta, como un añadido, un departamento de mujeres. Esta situación genera una clara discriminación, si dentro de la más absoluta miseria puede hablarse de clases, privilegios y discriminaciones, claro está. En esta cárcel existen cuatro módulos de vida normal para hombres, otro de aislamiento, también para hombres, y dos de mujeres. Las infraestructuras, en general, pueden describirse en pocas palabras: espacios reducidos; mobiliario escaso, caduco y viejo; váteres y duchas impracticables. Estas características se agravan en el caso de las mujeres, porque éstas sólo cuentan con el espacio y los servicios que existen en su propio departamento.

      Pero, con ser importante el espacio físico en que se da la vida de las presas, mucho más lo es la actitud que la cárcel tiene hacia ellas y las nulas posibilidades de desarrollar una serie de actividades que les sean útiles para sobrellevar su estancia en prisión y para su vida futura. La actitud de los diferentes estamentos de la cárcel hacia las presas es de absoluta falta de respeto, desprecio a su autonomía y sus derechos. Las actividades productivas que debieran garantizarse a todo preso sin medios económicos, se reducen a un taller de pinzas ­que es la imagen misma de la explotación­ y que además sólo funciona a veces. Los talleres ocupacionales se realizan en función del presupuesto, en función del porcentaje de mujeres con respecto a hombres, en función de criterios económicos puros y llanos. La actividad física socialmente se considera como fundamental para superar enfermedades, situaciones físicas y psicológicas conflictivas... sin embargo, en Langraitz no hay monitores de deportes para mujeres, no hay acceso al polideportivo, no hay unas instalaciones adecuadas, no se fomenta, sino que se ponen todo tipo de trabas. Toda persona que acceda de forma habitual a la prisión puede afirmar que en Langraitz hay, al menos, dos cárceles: la de hombres y la de mujeres, y que ésta parece un búnker a veces tan inexpugnable como lo es el módulo de aislamiento de hombres.

      En este ámbito, descrito de forma escueta, malviven mujeres que o bien tienen una vida desestructurada, o están alejadas de su lugar de origen, sus familias, su entorno social... o tienen graves problemas psíquicos y físicos generados generalmente por su estancia en prisión, o todo ello junto.

      Es en esta realidad en la que actúa una carcelera que ha hecho méritos sobrados a lo largo de su carrera para sentarse muchas veces, y por motivos muchos más graves, en el banquillo de los acusados. Y actúa obteniendo ­en la mayoría de los casos­ el beneplácito de la dirección de la cárcel, aunque ésta reconozca su incapacidad para la realización del trabajo que le ha sido asignado. Se trata de un cóctel explosivo al que la sociedad da la espalda, quizás porque no queremos hacer frente a un problema que a todos y todas nos incumbe, pero del que no podemos olvidarnos quienes queremos una sociedad más libre, una sociedad más igualitaria. En ella no tienen cabida estas cárceles.

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